Victoria Siniestra
EEUU, la estrategia del Ajuste Estructural


 

 

1. INTRODUCCION: EL GRAN PASO ATRAS

Para muchas personas del mundo occidental el acontecimiento decisivo de los últimos años fue el derrumbe del socialismo centralizado en la Unión Soviética y en Europa oriental.

¿Primavera de libertad ...

Los regímenes socialistas estaban en gran parte debilitados por sus deficiencias internas, especialmente su incapacidad para institucionalizar la democracia y el fracaso en la creación de una economía que promoviera la igualdad, sin frenar el crecimiento y la innovación, y sin destruir el medio ambiente. Había una igualdad en general en las condiciones de vida bajo el socialismo centralizado, pero no era la igualdad dinámica en medio de una mejora de niveles de vida y una mayor libertad que habían imaginado los pioneros del socialismo. Más bien se trataba de una distribución equitativa de bienes materiales y servicios de mala calidad, en medio de un estancamiento económico generalizado, la represión política y el deterioro del medio ambiente.

Así que la mayoría de los pueblos del Sur vieron con complacencia que los ciudadanos de Europa oriental y de la ex Unión Soviética empezaran a ejercer sus libertades políticas recién recuperadas. Sin embargo, muchos de ellos no podían entender que los líderes postsocialistas se abalanzaran sobre las reformas para liberalizar el mercado y, en algunos casos, sobre los "tratamientos de shock" recetados por el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional (FMI). En su opinión, eran justamente esos métodos los que habían provocado la reducción masiva de las riquezas del Tercer Mundo en la década de 1980.

... o tiempos difíciles?

A comienzos de la década de 1990, el ingreso per cápita de Africa había descendido al nivel que tenía en la época de la independencia política, o sea la década de 1960. En América Latina, la disminución llevó dicho índice al que se registraba a fines de la década de 1970. En efecto, para los pueblos del Sur lo que caracterizó las últimas dos décadas del siglo XX ha sido el retroceso de sus niveles de vida, la pérdida de su soberanía económica en la práctica y el vacío cada vez más grande de su independencia política, lo que equivale a una "recolonización", como tan acertadamente lo definió Chakravarthi Raghavan.

El ansia de reformas destinadas a liberar las energías de la empresa privada que sentían los tecnócratas de Europa oriental no entusiasmó a los pueblos del Tercer Mundo pero tampoco a grandes sectores de la población de Estados Unidos y Europa occidental. Muchos estadounidenses vieron las reformas del mercado como medidas que en realidad tendían a promover la libertad ilimitada del capitalismo trasnacional y las criticaron acerbamente por ser la causa del brusco deterioro que sufrieron los niveles de vida en Estados Unidos durante los doce años de gobiernos del Partido Republicano. A comienzos de la década de 1990, los ingresos familiares medios habían descendido al nivel de fines de la década del 70, la parte de población que vive en la pobreza había aumentado considerablemente y la desigualdad de riqueza e ingresos había alcanzado niveles que no se veían desde la década de 1930. Tal vez la estadística más elocuente es la que en 1991 indicaba que uno de cada cinco niños era considerado pobre.

El retroceso mundial

En el Norte y en el Sur actuaron las mismas fuerzas -de muchas de ellas se tiene la sospecha- y produjeron similares consecuencias para los pobres y los trabajadores de todas partes. Cuando en mayo de 1992 estallaron las revueltas de Los Angeles, muchos las consideraron del mismo tipo que las manifestaciones en contra del FMI y del hambre que se habían producido anteriormente en el Tercer Mundo, en Santo Domingo, Caracas y San Pablo. Todas eran esencialmente respuestas de los pobres a un proceso violento al que los economistas y tecnócratas habían aplicado el eufemismo de "ajuste".

Este libro constituye un esfuerzo para confirmar analíticamente y empíricamente la impresión ampliamente compartida de que el derrumbe del Sur y la mayor inseguridad de las condiciones de trabajo y de vida de la mayoría de la población del Norte fueron consecuencia de lo mismo: una estrategia general para hacer retroceder la economía mundial que desataron las élites políticas y empresariales del Norte para consolidar la hegemonía de las trasnacionales en la economía de sus países de origen y apuntalar el dominio del Norte sobre la economía internacional.

En el centro de este proceso estuvo el gobierno - muy ideológico- del Partido Republicano en Washington, que abandonó la gran estrategia de "liberalismo de contención" en el extranjero y el modus vivendi del New Deal en lo nacional. Aparte de derrotar al comunismo, el reaganismo en la práctica estaba guiado por otras tres preocupaciones estratégicas. La primera era subordinar de nuevo el Sur dentro de una economía mundial dominada por Estados Unidos. La segunda era hacer retroceder el peligro que para los intereses económicos de Estados Unidos provenía de los Nuevos Países Industrializados (NPI) y de Japón. La tercera era desmantelar el "pacto social" del New Deal, entre el gran capital, la gran mano de obra y el gran gobierno, que tanto Washington como Wall Street vieron como principal limitación a la capacidad de las empresas estadounidenses para competir contra los NPI y Japón.

¿Conspiración o ideología?

Llegados a este punto, vale la pena detenernos brevemente para examinar si este razonamiento equivale a plantear una teoría que interpreta la historia reciente como una conspiración. Nada de eso. La última imagen que quisiéramos trasmitir con este análisis es la de las élites empresariales y políticas conspirando en la Casa Blanca o en los rascacielos de Manhattan para imponer el ajuste mundial. Los grandes cambios de orientación en lo nacional nunca se producen de esa manera.

Lo que suele ocurrir es un proceso social mucho más complejo en el cual la ideología sirve de nexo entre los intereses y las orientaciones. Una ideología es un sistema de creencias -un conjunto de teorías, creencias y mitos con cierta coherencia interna- que trata de universalizar los intereses de un sector social y trasladarlos a toda la comunidad. Por ejemplo, en la ideología de mercado se dice que liberar las fuerzas del mercado de las limitaciones estatales actúa en beneficio no solo de los negocios sino también de toda la comunidad.

Trasmitida por instituciones sociales como universidades, corporaciones, iglesias o partidos, una ideología es asimilada por un gran número de personas, pero especialmente por integrantes de los grupos sociales cuyos intereses expresa de modo primordial. Así que una ideología inspira las acciones de muchas personas y grupos, pero se convierte en una fuerza importante solo cuando coinciden ciertas condiciones. Por ejemplo, las ideas de libre- mercado radicales como alternativa al "pacto social" keynesiano de posguerra habían estado dando vueltas durante bastante tiempo antes de la década de 1980, particularmente entre algunas élites culturales instaladas en las universidades. Sin embargo, la ideología de mercado se convirtió en una fuerza dominante cuando la élite política que la adoptó llegó al poder con el apoyo de una clase media cada vez más conservadora, al mismo tiempo que la camarilla empresarial estaba abandonando el consenso liberal keynesiano en favor de aquélla porque habían cambiado las circunstancias de la competencia económica internacional.

Como las tesis de la ideología de libre-mercado tuvieron tanta aceptación entre las élites culturales, estatales y económicas durante la era de Reagan y Bush, no hubo necesidad de conspirar burdamente. En efecto, los ideólogos no solo compartieron esas tesis sino que las difundieron ampliamente y creyeron con fervor que constituían la solución de los problemas de Estados Unidos y el mundo entero. Por supuesto, el paso de la ideología a la política se vio afectado por las diferencias de opinión sobre la eficacia de las medidas concretas, las diferencias entre los partidarios de la línea dura y los pragmáticos y las diferencias originadas en las ambiciones personales. Pero en su mayor parte, el afán de ser los adalides de la empresa privada, hacer retroceder al comunismo y al Sur insurgente, eliminar la intervención del Estado en la economía, reducir las redes de seguridad con apoyo del gobierno y "liberalizar los mercados de trabajo" desmantelando el sindicalismo, fueron objetivos que compartieron las élites estatales, culturales y empresariales dominantes.

Sin embargo, no hubo una total correspondencia entre ideología e intereses. La ideología de libre-mercado, por coherencia intelectual, fomenta la competencia y no el oligopolio. Es en este punto donde la defensa de los intereses tuvo preeminencia sobre la integridad ideológica durante la era Reagan-Bush. La desreglamentación, o liberalización del mercado, se convirtió en un medio no de terminar con el oligopolio sino de suprimir los obstáculos que impedían las fusiones y adquisiciones de empresas que condujeron a una concentración aún mayor de la riqueza de las trasnacionales. El principio de dejar que el mercado elimine a los productores incompetentes no fue respetado cuando Washington aumentó las subvenciones a los agricultores estadounidenses y redujo los cupos de las importaciones de textiles y prendas de vestir procedentes de los NPI, para proteger a los fabricantes de ropa estadounidenses.

Se suprime la acción del Estado

Así que, finalmente, no fueron los principios en favor de la competencia los que dieron coherencia estratégica a las políticas del Partido Republicano, sino su inclinación antiestatista y en favor de la empresa privada: la eliminación del apoyo estatal a la producción en el Sur y los NPI y la disminución de las restricciones estatales a la actividad de las empresa privada en Estados Unidos. Desde el punto de vista de la vanguardia del libre-mercado que dominaba en Washington, la intervención del Estado a través del proteccionismo y las restricciones a la inversión impidieron al capital estadounidense penetrar completamente en las economías del Tercer Mundo; el enérgico apoyo del Estado a las empresas nacionales en los NPI militaba en contra de la creación de "reglas de juego parejas" para las trasnacionales estadounidenses; y los impuestos exorbitantes en el sector privado así como la aplicación de normas laborales y de protección al medio ambiente impidieron al capital estadounidense ser competitivo con respecto a los terribles japoneses.

En el Sur, con la crisis de la deuda que se desató en 1982, comenzó la imposición de los programas de ajuste estructural -por medio del Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional- que trataron de hacer disminuir la intervención del Estado en la vida económica. El objetivo consistía en debilitar los grupos empresariales nacionales eliminando las barreras proteccionistas a las importaciones del Norte y levantando las restricciones a la inversión extranjera; superar las débiles barreras legales que protegen al trabajador del capital e integrar más estrechamente la economía local en la economía mundial dominada por el Norte.

Contra los NPI, la política comercial fue el arma preferida. Si bien la meta inmediata de Washington era corregir el desequilibrio comercial reduciendo las exportaciones de los NPI hacia Estados Unidos y forzando la apertura de los mercados de aquellos, su objetivo estratégico -tan evidente en el trato que dio a Corea del Sur, el NPI por excelencia- era desmantelar el sistema de intervención y apoyo estatal que había permitido a los productores de los NPI, siguiendo el "modelo japonés", competir con éxito contra las empresas estadounidenses no sólo en los mercados mundiales sino también en el propio mercado de Estados Unidos.

En Estados Unidos, "sacar al gobierno de encima de los negocios" tomó la forma de una reducción radical de los impuestos que deben pagar los ricos, la eliminación de las trabas estatales a las fusiones y adquisiciones de empresas y un relajamiento de las normas de protección del medio ambiente. Pero sobre todo significó dar el apoyo del gobierno a los persistentes esfuerzos de las empresas para aplastar los sindicatos y quebrantar la resistencia de los trabajadores al empeño en lograr la competitividad reduciendo salarios y beneficios, "haciendo descender el nivel" de la mano de obra nacional y trasladando fábricas a regiones del Tercer Mundo con mano de obra barata.

Lo irónico fue que un gobierno del Partido Republicano que se comprometió a detener la decadencia de Estados Unidos terminó acelerándola al aplicar en lo interno políticas que pueden haber fortalecido el poder militar de Estados Unidos y generado un crecimiento económico en el corto plazo, pero que debilitaron la capacidad tecnoindustrial de este país en el largo plazo. Uno de esos errores estratégicos fue el déficit masivo de los gastos de defensa, que hizo de Estados Unidos el país más endeudado del mundo, especialmente con Japón, su principal competidor. Otro de los errores fue el no haber efectuado una planificación económica orientada por el Estado, en nombre de los principios del mercado, lo que puso el futuro económico de Estados Unidos en manos de empresas interesadas principalmente en la rentabilidad de corto plazo. El tercer error fue permitir que las empresas malgastaran, con su estrategia antiobrera de recuperar la competitividad, el principal recurso de Estados Unidos en la competencia mundial: su capital humano.

Los bárbaros en las puertas de la ciudad

Los gobiernos de Reagan y Bush, tras desarmar los mecanismos que había instituido el New Deal para alcanzar la paz social dentro del país y abandonar la estrategia de contención liberal en el extranjero, redujeron a Estados Unidos a una serie de estrategias punitivas para aplacar el creciente descontento interno y la resistencia del Sur. En efecto, las políticas respecto al Sur de los principales gobiernos del Norte en vísperas del siglo XXI tienen características similares. Entre ellas figuran el apoyo continuo al ajuste estructural en el Tercer Mundo; la construcción de un nuevo muro de Berlín para impedir la entrada de refugiados que huyen de la devastación del Sur; la explotación de los temores tribales de las minorías raciales y étnicas para distraer la atención de las causas estructurales de la crisis económica interna; y la estigmatización de figuras o instituciones del Sur -por ejemplo, el Islam, como el nuevo enemigo de la pos-Guerra Fría.

Aunque en Washington ha llegado al poder un nuevo gobierno demócrata, es probable que las esperanzas de que modifique las políticas vigentes sean infundadas. La continuación del apoyo al ajuste estructural, una política comercial aún más agresiva, el bombardeo de junio de 1993 a Irak ordenado por el presidente Bill Clinton y el apoyo al Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLC), destinado a consolidar una reserva de mano de obra barata en la frontera sur, indican continuidad más que promesa de cambio. El "nuevo pensamiento demócrata" podrá ser menos ideológico, más pragmático y más tecnocrático que el reaganismo, pero no parece poner en tela de juicio la estrategia básica de reestructura económica a nivel local y mundial elegida por las empresas estadounidenses, ni es incompatible con la estrategia militar anti-Sur que se está consolidando dentro del sector vinculado a la defensa.

No es de extrañar que en los escritos de los intelectuales del Norte haya empezado a predominar una visión siniestra del siglo XXI, que se presenta como una era de polarización entre ciudadanos blancos privilegiados y hordas bárbaras de piel oscura, o entre el Occidente cristiano y la "conexión islámico-confuciana". ¿Serán proféticos? o ¿las fuerzas progresistas estarán a tiempo aún de organizar con éxito un movimiento en favor de un futuro distinto, basado en la realidad que nos indica que, en su mayor parte, los pueblos del Norte y del Sur comparten la condición de ser víctimas de la misma contrarrevolución que sirve a los intereses de una minoría mundial?


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